Hacía más de un año no escribía y era que no sentía ninguna inspiración. Varias cosas me cambiaron en la vida, me fui para otra ciudad y decidí que hacer con mi vida y lo decidí justo cuando tengo menos cosas materiales. No tengo empleo estable pero así y todo me fui a Estados Unidos, empecé a estudiar y gran sorpresa, me casaré.
Sin embargo, uno de los hechos más grandes ocurrió cuando dentro de la formación que tengo con mi pareja y futura esposa Kárel, quisimos tener una mascota. El miedo me invadió, toda esa responsabilidad que representa, la dependencia que tiene de uno y el miedo a que falte. Me acordaba cuando era niño que tuve un perrito llamado Paco, que amé mucho pero que poco pude darle, mi ignorancia sobre como criar una mascota lo volvieron agresivo con los niños y con la gente, aunque él también me quería y siempre me saludaba con efusividad cuando llegaba, sin embargo, al mudarnos lo dejamos donde una familia amiga y poco lo volví a ver, eso sí, tengo en mi cabeza grabado un día que lo ví donde estaba, lo saludé y al despedirme y yo llevar casi una cuadra caminando, me han gritado sus nuevos dueños que voltee a mirar y así estaba él, detrás mío, con esa mirada de por favor "llevame contigo que yo soy tuyo". Ese día me partí el corazón y prácticamente me dije a mí mismo que no volvería a tener mascotas pues no puedo controlar mi amor por ellas.
Sin embargo, esta vez mi novia Kárel, sí estaba decidida. Pocos meses antes tuvo una perrita Schnauzer que falleció y aunque no la conocí el dolor fue inmenso, pero muy a pesar de eso, me dijo que no lo pensáramos tanto que si faltaba, que si se enfermaba, que sí se quedaba sola, eran cosas inherentes a nuestra rutina y si por eso fuera nadie tendría perros.
Miramos los clasificados y nos ofrecieron unos Chit zu, pero al llevarlos al examen médico, tenían garrapatas, poco queríamos lidiar con un perrito enfermo luego del dolor de haber perdido a la Schnauzer que llamaba Mafalda, por lo cual, una veterinaria llegó con un bolsito a nuestro apartamento y nos mostró dos perritos, y allí, el amor más grande me invadió. La ternura ineludible me cautivó y nos quedamos con la perrita, la llevamos donde la veterinaria para que la examinaran si estaba bien, al concluir que sí, ese momento se la llevaron otra vez para que siguiera siendo amamantada y quince días después nos dieron una criatura de 15 cm de largo y 10 de alto a quien le pusimos Libertad.
Libertad es una amiga de Mafalda que tiene pensamientos socialistas y es bastante rebelde. Yo quería ponerle ese nombre porque siento gran admiración por Mafalda. Y así fue, que elegimos a Libertad. Con ese amor a primera vista, cada día creció ella como nosotros y todos los días, a las 6:30 am se despierta y nos muerde los pies cuando estamos acostados y si no le paramos bolas llora, ésto lo hace solo para que yo la cargue sobre mi pecho, ahí se queda cinco minutos como para sentir mi olor y el de Kárel .
Cuando me voy a bañar, nota rápidamente que estoy alistando la ropa y de una se sube a la cama a robarme las medias y al salir de una salta para jalarme la toalla. Antes no dejaba entrar a Kárel al baño pues le tocaba la puerta para que le abriera, jamás aprendió a hacer sus necesidades afuera, muy rara vez pasa pero no importa limpiar sus heces ni sus orines, el amor me lo permite y me motiva para ello.
No me da pena decir que amo a mi perra porque es un amor transparente. No me da pena andar por la calle con una perrita pequeña y un collar rosado y correr con ella por mi conjunto residencial y que así se ponga en duda mi orientación sexual. No me da asco limpiar sus vómitos ni pereza despertarme a la madrugada cuando ladra sin cesar.
Me hace feliz verla feliz así no hable. Me hace feliz, verla feliz cuando se sube al carro y es como si le dieran el premio mayor o como cuando la dejo coger mis medias o me pasa un peluche para que se lo tire y ella salga corriendo o cuando corre sin razón por la casa.
Libertad le trajo más alegría a nuestra nueva unión, nos hace feliz a nosotros también al despertarnos y al llegar, nos cambió la vida porque somos responsables de ella y ya no pensamos en uno, ni en dos sino en tres. Libertad nos hace feliz porque su inocencia es lo más valioso, porque siempre está donde estamos y porque no tiene prejuicios y nos acepta como somos.
La verdad es que a mí el término mascota me gusta muy poco, es como equipararla a un electrodoméstico y aunque sé que biológicamente no es mi hija, creo que sí lo es, la gran diferencia es que el día que tenga un hijo, él crecerá y perderá su inocencia, ella no.
Por eso amo a mi perrita Libertad, por que ella está ahí, saludándome como si yo fuera un dios, pero yo sé que la diosa es ella pues le da fe a mi vida y alegría a mi corazón.